Abuelos

La edad a parte de canas y arrugas, te trae sabiduría y yo he tenido la fortuna de darme cuenta de algunas cosas a tiempos aún jóvenes, cosas que a mí me hacen feliz: aprovechar el momento, el ahora, lo presente. Tengo pendiente mil aprendizajes pero la vida me ha regalado abrir los ojos en esto: la familia. 

La familia que es “pesada” o hasta se convierte en una obligación de adolescente, ahora de adulta me resulta una bendición. Los pesados no lo dejan de ser pero aceptas que es por amor, los limites los respetas y también los pones tú, las broncas las reconviertes y los consejos aprendes a escuchar.
Yo, tengo la gran suerte tener dos abuelos maravillosos, son los papás de mi mamá. A veces me da tanto miedo perderlos que no los disfruto como debería, es lo que tiene el miedo: paraliza, envenena y te hace perder momentos…

Él, mi yayo, uno de los amores de mi vida, ya del club del 8, cómo él dice. Andaluz de nacimiento pero sin acento, de pocas palabras pero si las importantes, de alma blanca y corazón enorme. Sus ojos brillan más que cualquier estrella del cielo, ha currando mucho y ha vivido mucho. Durante muchos años fue el único hombre en una familia de mujeres fuertes y dentro de su silencio nos tenía y nos tiene a todas locas por él. 

Ella, mi yaya, mi yo, ojos verdes de corazón fuerte y alma de niña. Sonrisa chisposa y siempre bien arreglada, quien se mima, sabe mimar… miles de sopas a cocinado pero aún más ha escrito en sus cuadernos. Aprendió ella sola a escribir, a nadar, a vivir y debajo de esa piel blanca y suave se esconde una pequeña guerrera, muy sensible pero con carácter luchador. 
Los quiero tanto que a veces no sé cómo hacérselo saber más pero si algo deseo en la vida es serenidad, tranquilidad, sonrisas y mucho, mucho amor para ellos.

Yayos
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